En El ser querido, Rodrigo Sorogoyen convierte a Javier Bardem en el centro de un relato sobre la culpa, la paternidad y la imposibilidad de reconstruir aquello que el tiempo ha destruido. Esteban Martínez es un director de cine prestigioso, acostumbrado a convertir la realidad en materia narrativa, que regresa a España y se encuentra de nuevo con su hija Emilia, una actriz de segunda fila con la que mantiene una relación marcada por los años de distancia y heridas sin cerrar. La propuesta de protagonizar juntos una película parece una oportunidad profesional, pero termina revelándose como el intento de un padre de recuperar a una hija a la que ya no sabe cómo acercarse.

Dos formas de entender una misma relación.

Bardem construye un personaje difícil de querer y, precisamente por eso, fascinante. Esteban es un hombre excesivo, arrogante y carismático, alguien cuya presencia parece ocupar siempre más espacio del que le corresponde. Hay en él una seguridad avalada por el éxito profesional que convive con una profunda fragilidad.

Esa es probablemente una de las mayores virtudes de su actuación. Esteban parece querer a su hija, pero su manera de acercarse a ella está inevitablemente marcada por su carácter. Está acostumbrado a dirigir actores, escenas y relatos, y cuando intenta trasladar esa experiencia a su vida familiar se encuentra con una realidad mucho más difícil de clasificar. Cuando habla con Emilia, incluso sus intentos de reconciliación tienen algo de ficción o de interés oculto. Bardem consigue que detrás de la arrogancia aparezca constantemente el miedo de un hombre que comprende demasiado tarde todo aquello que ha perdido.

Frente a él, Victoria Luengo interpreta a Emilia desde un lugar muy diferente. Su personaje no necesita recuperar nada porque ha crecido y ha salido adelante pese la ausencia total de su padre. La actriz consigue transmitir actuación llena que está a la defensiva y llena de resistencia. Emilia no quiere convertirse en la hija que Esteban necesita para completar su propia historia. En esa disyuntiva entre ser una hija y ser una actriz competente está buena parte del conflicto de la película.

La química entre ambos actores sostiene el filme. Sus escenas funcionan precisamente por todo aquello que está sin resolver entre ellos flotando en el aire. Bardem y Luengo parecen interpretar dos versiones diferentes de la misma historia. Para Esteban, la película puede ser una segunda oportunidad de hacer las cosas bien con su hija; para Emilia, puede ser simplemente una oportunidad de dar el salto en su carrera de manos de un director de prestigio.

La cámara como tercer estamento.

En esos conflictos, en los altibajos de esta relación paternofilial es donde Sorogoyen introduce uno de los aspectos técnicos más interesantes de El ser querido como son los cambios en la forma de filmar.

La película no mantiene siempre el mismo lenguaje visual. El formato, la textura de la imagen y la manera en que la cámara se relaciona con los personajes cambian, y esas transformaciones no están hechas al azar ni son un mero ejercicio estético. El cine dentro del cine modifica literalmente la mirada que tenemos sobre lo que estamos viendo.

Cuando la película se acerca al territorio de la ficción que está rodando Esteban, la imagen adquiere una condición más construida, más consciente de sí misma. Estamos ante personajes que interpretan, pero también ante personas que utilizan la interpretación para decir cosas que no pueden expresar directamente. La cámara se convierte entonces en una especie de máscara.

El contraste es especialmente significativo porque Esteban encuentra en el lenguaje cinematográfico un espacio en el que se siente cómodo. Cuando dirige, sabe cómo construir una escena y qué lugar ocupa cada elemento dentro de ella. Pero la relación con Emilia pertenece a otro terreno. No hay guion capaz de anticipar una reacción ni encuadre que pueda resolver años de distancia. La película propone así dos miradas contrapuestas: la del director y la de una hija que se resiste a convertirse en personaje de la historia personal de su padre.

Los cambios de formato pueden entenderse, por tanto, como una representación de la frontera cada vez más difusa entre la vida y la ficción. La película que Esteban rueda comienza a mezclarse con su propia historia, hasta el punto de que filmar se convierte en una manera de enfrentarse a aquello que no ha sabido afrontar fuera del plató.

La puesta en escena adquiere así una connotación emocional. Cuando cambia el filtro o el formato también cambia nuestra relación con los personajes. La película nos obliga a preguntarnos desde dónde estamos mirando y si aquello que vemos pertenece a la realidad de los personajes o a la versión que Esteban está intentando construir de ella.

Un hombre hecho de contradicciones.

Esto conecta directamente con la interpretación de Bardem. Su Esteban es, en cierta manera, un hombre que está atrapado en su propia ficción incluso cuando no debería. Su personalidad está construida alrededor de la artificialidad. Hay momentos en los que parece imposible distinguir si está hablando como padre, como director o como hombre a las puertas de la tercera edad que intenta justificar su propia vida. Bardem juega con esa ambigüedad y consigue que el personaje resulte al mismo tiempo imponente y patético.

Lo más interesante es que Sorogoyen no convierte a Esteban en un monstruo ni en un padre redimido. Bardem mantiene las contradicciones hasta el final. Puede ser afectuoso y manipulador, sincero y egocéntrico, vulnerable y cruel. La película no necesita decidir si merece el perdón de Emilia, la opinión del espectador en esta ocasión es omisible. Lo importante es mostrar que las disculpas aun sinceras a veces no son suficientes.

Por eso El ser querido funciona mejor cuando deja que sus dos protagonistas permanezcan en ese territorio incómodo en el que todavía existe afecto, pero ya no pueden engañarse a sí mismos de la misma manera. Padre e hija pueden quererse y, al mismo tiempo, no saber cómo estar juntos.

El ser querido termina siendo así una película sobre un director que descubre que hay historias que ya están escritas y cuyo guion no puede ser reescrito. En el centro de ese relato está un Javier Bardem extraordinariamente incómodo, excesivo y vulnerable, interpretando a un hombre que ha pasado buena parte de su vida convirtiendo sus emociones en imágenes y que ahora se encuentra ante el hecho de que ninguna película podrá enmendar los errores que ha cometido con su hija.

SUSCRÍBETE A SALA UNO

Recibe cada semana artículos, críticas y recomendaciones directamente en tu correo

No enviamos spam. Puedes darte de baja cuando quieras

Descubre más desde Sala Uno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo