
¿Qué se nos pierde a tres mil metros de altura entre los pastos y los glaciares?
En Las ocho montañas, Félix van Groeningen y Charlotte Vandermeersch nos responden convirtiendo la montaña en un refugio y en un modo de medir el tiempo. Allí se conocen Pietro y Bruno, dos niños que durante los veranos construyen una amistad que sobrevivirá a la distancia, a los años y a las decisiones que acabarán separando sus caminos. Pietro llega desde Turín, es un niño urbanita mientras que Bruno pertenece a la montaña. Entre ambos nace una amistad hecha de caminatas que acaban revolcándose en la hierba y silencios compartidos alrededor de una fogata.
Ambos protagonistas inevitablemente crecen y sus caminos comienzan a separarse. En la película no hay un momento clave donde ambos deciden dejar de verse. Lo que hay es un factor mucho más silencioso y común: el propio paso de la vida. Uno se marcha a Turín a vivir su temprana juventud mientras que el otro se regocija en su soledad alpina. Ambos buscan una forma de entender qué significa construir una vida propia, aunque desde lugares completamente distintos. Pietro encuentra en el movimiento una posibilidad de libertad; Bruno, en cambio, busca significado en la permanencia a la tierra.
La película no pretende decidir quién de los dos ha elegido el camino correcto. Su mirada es más introspectiva. Ambos persiguen una idea de felicidad que quizá nunca llegue a coincidir con la del otro. Y en esa distancia aparece una de las preguntas que atraviesan el filme: ¿cuántos momentos podemos compartir con alguien antes de que nuestros caminos terminen separándose?
La montaña es un testigo hierático mientras ellos cambian. Las cumbres, los bosques y los senderos parecen inmutables frente a unos personajes condenados al paso del tiempo. Los paisajes de los Alpes funcionan como escenarios espectaculares, pero también cada regreso a la montaña es una forma de demostrar que tanto Pietro como Bruno son muy distintos.
Van Groeningen y Vandermeersch filman la naturaleza de forma totalmente hipnótica. Los bosques, las extensiones de roca y nieve permiten que el aire fresco entre en las narices del espectador. Frente a la inmensidad de los Alpes, los conflictos de Pietro y Bruno parecen pequeños, pero nunca insignificantes.
También en Las ocho montañas hay una reflexión sobre el hogar. ¿Es un lugar al que pertenecemos, uno que elegimos o aquel al que siempre terminamos regresando? Pietro busca respuestas en cotas más altas, en concreto en el Himalaya; Bruno, en cambio, al permanecer en el mismo lugar toda su vida para tener más y más preguntas. Ninguno parece acertar en sus ambiciones vitales. La película entiende que quizá no exista un camino correcto, sino distintas formas de convivir con lo que heredamos y con aquello que queremos dejar atrás.
El título alude a una antigua leyenda según la cual quien recorra las ocho montañas que rodean una montaña central podrá encontrar el centro del mundo. Pero el filme parece sugerir que quizá no haya ningún centro que alcanzar. Quizá la búsqueda sea el verdadero viaje, los lugares que recorremos, las personas que encontramos y las versiones de nosotros mismos que vamos dejando atrás.
La película tampoco idealiza la vida en las alturas. Lo más doloroso del filme está precisamente ahí, en comprender que algunas cosas se pierden lentamente. La amistad, la juventud, los veranos, las personas que creíamos que estarían siempre. Pietro y Bruno pueden regresar a la montaña, recorrer los mismos caminos y reconstruir aquello que alguna vez compartieron, pero no pueden volver a ser los niños que se conocieron allí.
En definitiva, Las ocho montañas es una película contemplativa y profundamente melancólica. Su emoción nace de las pequeñas cosas, de la acumulación de pequeños instantes como arreglar el tejado de una casa con tu amigo, una copa de grappa al lado de las vacas o tirarse por una colina nevada. Al final, lo que queda después de la película es una sensación de haber contemplado una vida entera desde la distancia. Tarde o temprano también hay que bajar de la montaña.
